
Avegades sento que no estic sol. Ho sento aixi perque gent amb la que comparteixo, també em dona. I parlo d'algo mes que paraules o coses que es puguin explicar. Em nutreixo de la gent que tinc al meu voltant. Ara es algo reciproc. puc aportar, pero ara també puc recollir, aprofitar els seus pensaments, les seves paraules, reflexions. Inclús les seves mirades. Ja no nomes compartim i ens intercanviem musiqca, cançons que ens diuen, sinó ara també, pensaments. M'encanta ser el caçador caçat. M'agrada veure com algu madura, creix, i jo estic alla.
Quan fa falta poso la ma per ajudar a pujar un esglaó... pero cada cop es menys necessari. Tot i que resignat, aixó es bó.
Penjare un text de Paulo Coelho. Gran font d'influencia per a nosaltres.
Es el primer cop que li "robo" una reflexió del seu blog. Sé que no sera la ultima.
De La Soledad Absoluta (Paulo Coelho)
Los
periodistas ya han terminado sus entevistas, los editores han tomado el
tren de vuelta a Zurich, los amigos con los que he cenado se han ido a
casa, y yo salgo a pasear por Ginebra. La noche es particularmente
agradable, las calles están desiertas; los bares y restaurantes, llenos
de vida, todo parece absolutamente tranquilo, en orden, hermoso, y de
repente...
Y de repente me doy cuenta de que estoy absolutamente solo.
Sé
que ya he estado solo muchas veces este año. Sé que, en algún lugar, a
dos horas de vuelo, me espera mi mujer. Y sé que, después de un día tan
agitado como el de hoy, no hay nada mejor que pasear por las
callejuelas y los rincones del casco antiguo de Ginebra, sin tener que
hablar de nada con nadie, contemplando sin más la belleza a mi
alrededor. Sólo que esta noche, por alguna razón que desconozco, este
sentimiento de soledad es extraordinariamente opresor, angustioso, no
tengo con quien compartir la ciudad, el paseo, los comentarios que me
gustaría hacer.
Por
supuesto, tengo un teléfono móvil en el bolsillo, y un número
considerable de amigos en esta ciudad, pero es ya muy tarde para
llamarlos. Considero la posibilidad de entrar en algún bar y tomar una
copa. Con casi total seguridad, alguien me reconocerá y me invitará a
sentarme a su mesa. Pero pienso también que es importante llegar al
fondo de este vacío, de esta sensación de que a nadie le importa si uno
existe o deja de existir, así que continúo caminando.
Veo
una fuente y recuerdo que estuve allí el año pasado, con una pintora
rusa que acababa de ilustrar un texto mío que había escrito para
Amnistía Internacional. Aquel día apenas intercambiamos palabra, tan
sólo escuchamos el chisporroteo del agua y la música de un violín que
venía de lejos. Cada uno estaba sumido en sus pensamientos, pero los
dos sabíamos que, aunque distantes el uno del otro, no estábamos solos.
Camino
un poco más, en dirección a la catedral. Miro al otro lado de la calle;
hay una ventana medio abierta y a través de ella veo en el interior a
una familia hablando. La sensación de soledad aumenta, imparable; el
paseo nocturno es ahora un viaje noche adentro, en el que busco el
significado de sentirse completamente solo.
Empiezo
a imaginar cuántos millones de personas, en este momento, por más ricas
o encantadoras que sean, se sienten absolutamente inútiles y
miserables, porque también están solas en esta noche, como lo
estuvieron ayer, y como posiblemente lo estarán mañana. Estudiantes que
no encontrarán con quien salir esta noche, ancianos delante de la
televisión como si fuera su última salvación, hombres de negocios en
sus habitaciones de hotel, preguntándose si tiene algún sentido lo que
hacen, ya que en este momento sólo sienten la desesperación de estar
solos.
Recuerdo un comentario oído durante la cena: alguien que acababa de divorciarse decía: “ahora tengo la libertad con que siempre soñé”.
Es mentira, nadie quiere ese tipo de libertad, todos queremos un
compromiso, una persona que esté a nuestro lado viendo las bellezas de
Ginebra, hablando de la vida, o simplemente compartiendo un bocadillo.
Mejor comer una mitad que comer uno entero y no tener con quien
compartir nada, aunque sea un poco de comida. Es mejor pasar hambre que
estar solo. Porque cuando uno está solo (y no hablo de la soledad que
escogemos, sino de la que aceptamos resignados) es como si dejase de
formar parte de la raza humana.
Comienzo
a caminar hacia el hermoso hotel del otro lado del río, con su
confortable habitación, sus atentos empleados, su servicio de
primerísima calidad. Dentro de un rato estaré durmiendo, y mañana esta
extraña sensación que, no sé por qué, me ha arrebatado hoy, será sólo
un recuerdo remoto y extraño, pues no tengo motivos para afirmar que
estoy solo.
Camino
de vuelta, me cruzo con otras personas solitarias, tienen dos tipos de
miradas arrogantes (porque quieren fingir que escogieron la soledad en
esta linda noche) o tristes (porque consideran que no hay nada peor en
la vida). Se me ocurre que podría hablar con ellas, pero sé que se
avergüenzan de su propia soledad. Tal vez sea mejor dejar que lleguen
al límite y se den cuenta de que hay que ser osado, hablar con
desconocidos, descubrir lugares donde conocer gente y evitar ir a casa
a ver la tele o leer un libro. De otra manera, se perderá el sentido de
la vida, la soledad se habrá convertido en un vicio, y el largo camino
de vuelta en dirección al ser humano se habrá perdido para siempre.